lunes 31 de enero de 2011

La mujer del piso pequeño




Sabe cuándo se acerca al salón. La baldosa suelta del pasillo lo delata. Minutos más tarde oye la cisterna del baño y el grifo abierto. La experiencia le ha enseñado a calcular el tiempo exacto que transcurre desde esos ruidos hasta que él abre la desvencijada puerta del salón. Atrás quedaron los tiempos en que ella lo veía aparecer y, ansiosa, lo masacraba con cientos de preguntas sobre su descanso nocturno, su estado de ánimo o sus planes para el día. Ahora no habla. Y no es que no tenga nada que decirle, al contrario, en este instante de sus vidas es cuando más desesperadamente necesitan una conversación que encauce esta relación muerta. Es vital para ambos encontrar esa palabra que los anime a tirar para adelante o les impulse a preparar las maletas con premura. Es urgente expresar sus emociones, sus sentimientos, sus rencores acumulados, sus caricias perdidas. Deben aceptar su historia vivida o despedirse sin mirar atrás. Pero no hablan, ya no hablan. Pasó la época en que ella se sonreía de su tipo de pera y revolvía su pelo rizado indomable. Quedó en el recuerdo la proximidad física, el olor que impregnaba su ropa, su sonrisa despistada. Ella no quiere ya saber nada de él. El no parece querer saber nada de ella. Intentan convivir respetando un silencio impuesto y evitando la estancia que ocupa el otro. Pero resulta imposible no coincidir cuando se comparten 50 metros cuadrados. Por eso, cuando gira la manivela del salón, ella cierra los ojos y los aprieta fuerte, muy fuerte, para que ninguna imagen de él le saque de este odio que ahora le profesa.

3 comentarios:

conxa dijo...

realista. Una descripción muy realista.

Un abrazo.

el marido de la portera dijo...

Gracias conxa por estar siempre ahí y leer cada post que publico. Mil gracias y un afectuoso saludo

Groucho dijo...

Mucho odio en 50 m. cuadrados...
SALUD.