
Cuando te ingresamos, tu piel amarillo limón ya nos indicaba que tu hígado no iba bien, pero teníamos esperanzas en tu recuperación. Nos preocupaba más que tu Alzheimer avanzase y que lo conseguido por la medicación, ese estancamiento en el proceso, se volatilizase. Tú no entendías muy bien qué te estaba pasando y nos repetías que era imposible que tuvieses algo en el hígado porque, simplemente, tú nunca te habías ido de putas. Tu orina canela te asustaba e intentabas tirarla al retrete cada vez que nos dábamos la vuelta y así eludir la supervisión de las enfermeras. Se te hacía largo el día y el aburrimiento te llevaba a buscar excusas absurdas para salir del hospital. A mí me tocaba el turno de la siesta y mi labor consistía en que la evitaras, en que no te durmieras y llegaras cansado a la noche. En silencio de la sobremesa, mientras cabeceabas, te preguntaba insistentemente por ese pastor alemán que tuviste y que llamaste "Loba" o por las anécdotas que te sucedieron, cuando en plena guerra civil, salías de madrugada a por hierba para los animales. Se te iluminaba la mirada al recordar a las patrullas que recorrían los caminos con los condenados a dar un paseo de no retorno y al presumir de cómo, con tus diez años, te buscabas la vida para dar de comer en esos tiempos de penuria a la familia con tu negocio de intercambio de huevos, gallinas y conejos. Después intentaba hacerte recordar alguna canción. Me gustaba cogerte la mano y mirándo tus ojos verdes, cantarte la copla de la Piquer. Tu apostillabas los finales, sintiéndote un poco incómodo por esa intimidad padre-hijo que no se estilaba en tu época. Durante un mes te oí versiones de las historias que ya conocía y descubrí facetas en ellas que el pudor te había hecho ocultar anteriormente. Después caiste en coma. Seguí a tu lado esperando el milagro, viendo como sufrías, cómo los diferentes orificios de tu cuerpo iban siendo taponados por tubos y maquinaria. Cuando todo estaba perdido, me acerca a tu oído y te dije que no luchases más, que descansases. Cuando se paró tu corazón, mientras lloraba, me acerqué nuevamente a tu rostro y te canté entre dientes, por última vez, "ojos verdes".
5 comentarios:
...verdes como la albahaca...
¡¡¡PRECIOSO!!!
guauuuuu me has dejado desconcertada, esperaba ya la tipica ultima vuelta de rosca, y no, hoy no ibas por ahí.
Muy bueno!!
Esto me huele a experiencia personal... pero igual, mi olfato se equivoca muchas veces...
... Bonito escrito, marido...
Gracias Groucho, conxa y Florentino. Os lo agradezco por todo lo que me aportan vuestros comentarios en estos momentos "Ojos del Guadiana".
Un abrazo a todos.
Como parece que no te voy a "ver" estos días...
Que disfrutes y te sientas bien!!
Un abrazo.
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