lunes 1 de noviembre de 2010

El hombre de los ojos verdes



Cuando te ingresamos, tu piel amarillo limón ya nos indicaba que tu hígado no iba bien, pero teníamos esperanzas en tu recuperación. Nos preocupaba más que tu Alzheimer avanzase y que lo conseguido por la medicación, ese estancamiento en el proceso, se volatilizase. Tú no entendías muy bien qué te estaba pasando y nos repetías que era imposible que tuvieses algo en el hígado porque, simplemente, tú nunca te habías ido de putas. Tu orina canela te asustaba e intentabas tirarla al retrete cada vez que nos dábamos la vuelta y así eludir la supervisión de las enfermeras. Se te hacía largo el día y el aburrimiento te llevaba a buscar excusas absurdas para salir del hospital. A mí me tocaba el turno de la siesta y mi labor consistía en que la evitaras, en que no te durmieras y llegaras cansado a la noche. En silencio de la sobremesa, mientras cabeceabas, te preguntaba insistentemente por ese pastor alemán que tuviste y que llamaste "Loba" o por las anécdotas que te sucedieron, cuando en plena guerra civil, salías de madrugada a por hierba para los animales. Se te iluminaba la mirada al recordar a las patrullas que recorrían los caminos con los condenados a dar un paseo de no retorno y al presumir de cómo, con tus diez años, te buscabas la vida para dar de comer en esos tiempos de penuria a la familia con tu negocio de intercambio de huevos, gallinas y conejos. Después intentaba hacerte recordar alguna canción. Me gustaba cogerte la mano y mirándo tus ojos verdes, cantarte la copla de la Piquer. Tu apostillabas los finales, sintiéndote un poco incómodo por esa intimidad padre-hijo que no se estilaba en tu época. Durante un mes te oí versiones de las historias que ya conocía y descubrí facetas en ellas que el pudor te había hecho ocultar anteriormente. Después caiste en coma. Seguí a tu lado esperando el milagro, viendo como sufrías, cómo los diferentes orificios de tu cuerpo iban siendo taponados por tubos y maquinaria. Cuando todo estaba perdido, me acerca a tu oído y te dije que no luchases más, que descansases. Cuando se paró tu corazón, mientras lloraba, me acerqué nuevamente a tu rostro y te canté entre dientes, por última vez, "ojos verdes".

5 comentarios:

Groucho dijo...

...verdes como la albahaca...
¡¡¡PRECIOSO!!!

conxa dijo...

guauuuuu me has dejado desconcertada, esperaba ya la tipica ultima vuelta de rosca, y no, hoy no ibas por ahí.

Muy bueno!!

Florentino del Castillo dijo...

Esto me huele a experiencia personal... pero igual, mi olfato se equivoca muchas veces...

... Bonito escrito, marido...

el marido de la portera dijo...

Gracias Groucho, conxa y Florentino. Os lo agradezco por todo lo que me aportan vuestros comentarios en estos momentos "Ojos del Guadiana".

Un abrazo a todos.

conxa dijo...

Como parece que no te voy a "ver" estos días...

Que disfrutes y te sientas bien!!

Un abrazo.