
A veces, me invade una tristeza cruel que me pudre, se instala en alguna parte de mi cuerpo y reivindica sus antiguos derechos de posesión. Me recrimina cómo, sin miramiento alguno, la expulsé en otro tiempo, cómo olvidé nuestra trayectoria juntos. La tristeza se retrepa en mi intestino y ríe cómoda, feliz ante el expansión del hueco que ocupa. Y yo, desbordado, busco ansioso las lágrimas que me alivien, que me arranquen esta negrura que me llena. Mis ojos caprichosos se resisten a esta necesidad perentoria y enrojecidos solo piden oscuridad.
En mis dedos de uñas romas, pequeñas gotas de sangre señalizan donde antes hubo padrastros. Me voy devorando a mí mismo como anticipo de la desaparición que vendrá. Cada vez sé mejor en qué despilfarré mi tiempo y energías y, paradójicamente, ignoro como invertir esos segundos que voy atesorando. Se puede estar perdido, hundido, enterrado y sin embargo, ser tan imbécil de desaprovechar la luz, el indicio que te salvaría.
No he tenido nada que decir por un tiempo, usé las palabras para acercarme, para centrarme y esas palabras que me trajeron tanta felicidad en aquel momento, aquí me dejaron.
4 comentarios:
No dejes que te intoxiquen el alma...
Me ha encantado. Volveré por aquí.
No te vuelvas a ir tanto tiempo, como sufri por no poder leer tan buen blog.
Saludos
la tristeza invade sin avisar.
Hay veces que sencillamente no hay nada que decir.
Me alegro de saber de tí.
Gracias por el apoyo y la visita en este largo silencio. Intentaré publicar con mas asiduidad. Gracias a todos.
Publicar un comentario en la entrada