
Tras quince años vuelvo a la vieja casa familiar. Me cuesta reconocerla semioculta por los enormes árboles que plantamos antes de mi escapada. En la entrada me espera la policía para contarme los detalles y presentarme a la enfermera que cuida a mi madre comatosa. El agente, con evidentes ganas de cerrar el expediente, me informa de lo sucedido. Comprueba rutinariamente mi coartada y comienza su exposición. Según parece, mi padre y su amante dejaron una ventana abierta por la que tuvo que colarse el ladrón o ladrones, aún no lo saben. El policía me pregunta si echo algo en falta. Le contesto que no. Salí hace demasiado tiempo de esa casa. Me pasa unas fotografías en las que aparecen mi padre y su amante degollados en diferentes lugares de la casa. Siento una plenitud que me perturba. Me percato de una mancha de sangre que aún continúa incrustada en el parquet. La enfermera, tras preguntarme si necesito descansar por el largo viaje, se ofrece a explicarme la medicación y el ritual diario a seguir con mi madre. Pero ya lo conozco, con lo que agradeciéndole todo, la acompaño a la puerta. Ya no tendrá que volver, a partir de ahora yo me ocuparé, como era mi obligación. Por fin sola, me tomo un tiempo antes de subir las escaleras y reencontrarme con mi madre. No puedo olvidar cada ostia recibida, cada castigo cruel sufrido, cada humillación. La amante de mi padre consiguió quitarme pronto de enmedio, que se ignorasen mis quejas. Yo le hice elegir y salí perdiendo. Pudo más el sexo que la familia. Por eso tuve que huir. En estos quince años no he dejado ni un solo día de acordarme de mi madre, de imaginarme las vejaciones que estaría recibiendo de ese par de elementos. No he querido decírselo a la policía, pero su muerte ha sido demasiado rápida para mi gusto. Entro en la habitación de mi madre. Todo sigue igual. El olor de mi madre me transporta a ese tiempo feliz que compartimos los tres y no puedo evitar llorar. Acerco una silla a la cama y contemplo su rostro sereno. El tiempo la ha tratado bien, apenas ha cambiado. Le doy un beso y susurro en su oído. "Mamá, estoy de vuelta. Están muertos, los dos cabrones. Muertos, gracias a Dios". Ella entreabriendo su boca susurra: "A Dios, no, nenita, gracias a mí".
4 comentarios:
Al llegar a lo último intuí el final. Si lo cortas antes del "gracias a mi", gana en fuerza. Pero me gustó, Marido. Hacía días que no pasaba por aquí.
Saludos.
¿MADRE COMATOSA?
JAJAJA....
Pensé que había sido la nenita quien se los había cargado, pero es igual: justicia poética en cualquier caso.
Muy bien llevado.
VERY WELL FINAL
Cabrones ,se lo merecían.
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