lunes, 15 de junio de 2009

La mujer envidiosa





Nunca pude superar a mi hermana. Ella, la pequeña de la casa, siempre fue la preferida. Los primeros besos de mi padre al regresar del trabajo eran para ella y también resultaba ser la beneficiaria de las últimas caricias de mi madre antes de apagarnos la luz y desearnos buenas noches. Siempre lo tuvo todo. Aunque pertenecíamos a una familia numerosa en la que los vestidos se iban heredando de una a otra, a ella se le excluyó de esa costumbre y, junto a mi madre y mi hermana mayor eran las únicas que paseaban por la reducida casa con las etiquetas colgando. Yo tenía que comerme las espinacas y las lentejas y, si me resistía, las tenía para la merienda, la cena e incluso la comida del día siguiente. A la niña se le permitía rechazar unos víveres que no abundaban y para ella mi madre siempre tenía preparados en el altillo de la nevera unos filetitos de lomo adobado. De nada sirvieron mis protestas. Yo quise una Nancy pero mis padres ante la disyuntiva eligieron complacerla a ella y comprarle un Barriguitas. Creo que no la envidiaba a ella como persona, sino a los privilegios que poseía. Crecimos juntas y siempre fui la sombra de esa lucero que derramaba alegría en la casa. Mi abuela era la única que me decía que yo valía más, que era más guapa, más lista, más simpática, pero mi abuela tomaba pastillas porque se le aparecía la Virgen María en el comedor, por lo que sus palabras me consolaban bien poco. Después, la vida nos llevó a cada una por un rumbo diferente, pero, por supuesto, ella consiguió el mejor trabajo, la mejor casa y el mejor marido que existía. Yo, simplemente, escogí de entre lo que podía aspirar y el resultado fue catastrófico.

Creo ciegamente en la justicia poética y para mí, la prueba de su existencia la tuve el día en que mi hermana me confesó, llorando, que ella no podía tener hijos por un defecto congénito de su matriz. Yo siempre he odiado a los niños, pero me conmovió su llanto de tal forma que le juré, en el nombre de mi abuela ya muerta, que le entregaría a mi primer hijo. Ella no me creyó al oirlo, pero tanto le insistí y tanto juré que acabó ilusionadísima.

Fue relativamente sencillo quedarme embarazada: Unas copas, una respuesta rápida a un salido de discoteca y voilá, un ser se desarrolla en mi interior. Mi hermana está feliz. Estos seis meses no ha parado de visitarme y tocarme la barriga con ternura., siempre preguntándome un "¿Estás segura de lo que vas a hacer?" y yo respondiéndole "completamente". Hoy la he llamado para pedirle que me traiga el juego de llaves de mi casa que le dejé . Vendrá en unos minutos . La espero. Ansío ver su cara cuando me descubra con el cuchillo clavado en el vientre y el camisón manchado de sangre.

14 comentarios:

Víctor dijo...

Ya lo dicen que la envidia es mu, pero que mu mala... Terrorífica la imagen de la embarazada con el cuchillo clavado en la barriga.

Saludos lelos.

laquesuscribe dijo...

Lo previsible de lo inicial se convierte en lo absolutamente imprevisible del desenlace. Genial, simplemente genial ( adoro el "gore")

Saludillos , marido

carlota. dijo...

Hoy has estado sublime marido , fantástico , que fuerte , que mala es la envidia .

Besos .

Alejandro Ramírez dijo...

Uf... qué imagen violenta. El cuento es bueno y me deja un sinsabor.

el marido de la portera dijo...

Gracias Victor, laquesuscribe, carlota y Alejandro. Me alegro que os haya gustado el relato.

Quería aprovechar para disculparme por estos últimos tiempos en que publico de forma tan irregular y, a pesar de eso, venís a visitarme.

Un saludo

ojovo dijo...

Muy bueno Marido, he quedado un poco mareado por la imágen final pero me ha gustado mucho...saludos

el marido de la portera dijo...

Gracias Ojovo, me alegro que te haya gustado. Un saludo para ti

Francisco Cenamor dijo...

Querido amigo, con el fin de que nuestros lectores y lectoras se den una vuelta por tu blog, haremos un breve comentario sobre el mismo en el Blog literario Asamblea de palabras el próximo viernes.
Un saludo.

Soledad Sánchez M. dijo...

Un poco fuerte el final... ¡qué mala es la envidia!

Me quedo con el párrafo de la abuela. ¡Genial!

Enhorabuena, veo que vas a aparecer en el espacio de Cenamor.

Un beso.

Soledad.

el marido de la portera dijo...

Francisco, gracias por querer hacer esa reseña e incorporarte a los amigos de este blog. La leeré con mucha ilusión.

Soledad, enhorabuena a ti por tu fidelidad y tus comentarios tan cariñosos y elogiosos.

Un saludo.

conxa dijo...

ufffffff, que mala leche!!!

hasta que punto se puede odiar a alguien!!!

me has dejado...uffff ni explicarlo.

el marido de la portera dijo...

Saludos conxa, muchas gracias por tu visita. Un placer verte de nuevo por aquí y siento haberte dejado así, espero compensarte en otros post.

Germana dijo...

Siempre se ha dicho que la envidia mata.

el marido de la portera dijo...

Germana, bienvenida a este rincón. Muchas gracias por tu aporte y espero verte por aquí en más ocasiones.

Un saludo.