
No soporto ir a la que fue casa de mis abuelos y que ahora ocupan mis padres. Nada más traspasar el umbral siento ese escalofrío por la espalda que me aterra. Sus muros de piedra han contemplado la vida y la muerte de tres generaciones de mi familia. No hay habitación de la enorme casa que no tenga su historia particular de nacimientos y defunciones. Suelo deambular incómoda por las estancias pero siempre me niego a entrar en el que fue, hasta su muerte, dormitorio de la hermana de mi abuela: mi tía Caridad. Nunca llegó a casarse aunque la pretendieron muchos. Poseía una gran belleza, quizás más propia de estos tiempos que de los que le tocó vivir. No sé si su soltería fue la causa de ese carácter amargo que derrochaba o viceversa. Lo cierto es que arruinó los escarceos amorosos de mi madre en su juventud, ahuyentando a los novios que rondaban a su única sobrina nieta. Eso jamás se lo perdonó mi madre que asegura, sin pudor ante el que esté dispuesto a escucharla, que su matrimonio fue el resultado de un pulso contra ella más que un fruto del romance. Controló, dirigió y manipuló a su antojo a todo aquel que se acercó a ella. Sin utilizar más que un gesto era capaz de inspirarte el mayor temor, arrancando cualquier posibilidad de rebelión contra sus mandatos. Siempre estuvo enferma de un hígado sobrecargado en la producción de esa bilis con la que nos obsequiaba, pero no murió de eso. Cayó por las escaleras un día que tenía cita con el médico. Ese día, por primera vez en mi vida, me negué a acompañarla. Quizás por eso tenga estos remordimientos. Puede que ése sea el motivo que me sugestiona y me hace sentir su presencia. Espero superarlos algún día. Mi hermano, por lo pronto, me dijo ayer que he pasado demasiados años con ese peso encima y que ya va siendo hora de abandonar esta culpabilidad. Además y no sé por qué ha tardado tanto en decírmelo, me confesó que aquella mañana él estaba con ella.






