viernes 5 de febrero de 2010

La mujer prometida





- Hermana, saltemos a la de tres - me dice ella.
- De acuerdo. - le digo apretando su temblorosa mano.
A mi hermana la han prometido con nuestro primo, el clan ha recibido el dinero correspondiente y se ha cerrado la boda para dentro de un par de días. Ella no lo ama. Tiene la desgracia de ser una mujer en un pais en el que deciden los hombres cada uno de tus pasos. Subidas a lo más alto de un flamante rascacielos (curiosa paradoja tanta modernidad conviviendo con las costumbres más arcaicas y denigrantes) mi hermana me aprieta la mano, dispuesta a saltar a un vacío elegido, a acabar rápidamente con un futuro impuesto. Su amor hacia mí, su fragilidad me ha traido hasta aquí. Sin mi apoyo no se hubiera atrevido. Le he prometido acompañarla en ese salto, en ese impacto contra el suelo que destrozará nuestros huesos y vísceras.
- Para - le ruego.
Ella interrumpe aliviada la cuenta atrás, necesito abrazarla, sentir su calor, recordar su olor... Como aquellas noches compartidas en la cabaña donde nos criamos. Está a punto de desaparecer esa colección de secretos confesados en la oscuridad, esa felicidad que no supimos disfrutar siendo niñas.
- Cuando quieras, vamos - digo mirando profundamente esos ojos asustados.
- Uno... Dos .... y tres.. - culmina, tomando impulso.
Suelto su mano y la veo caer, empequeñeciéndose. Sus ojos, clavados en mí no me acusan, sólo preguntan, me reprochan la promesa que acabo de romper. Lo que mi hermana no sabe es que antes de darle a ella mi palabra, se la di a nuestro primo, mi futuro marido.

domingo 31 de enero de 2010

El hombre contestado




Querido imbécil:

Seguro que estarás acometiendo la lectura de esta carta que me atrevo a enviarte, tras una larga visita a tus mensajes y comentarios de Facebook. Es normal que le dediques cada día un par de horas teniendo en cuenta los casi cuatrocientos amigos virtuales que acumulas. Pero, ¿recuerdas la última vez que recibiste una llamada o quedaste para tomar un café? Los que eran tus amigos, esos entes de carne y hueso con los que te relacionabas hace años ya pasan de ti. No te soportan. Has conseguido incluso que los amigos de tu mujer desaparezcan y eso, que se esforzaron todo lo que pudieron para conservar su amistad y tolerarte, pero en fin... tu eres así. Ahora arañas minutos a tu paternidad, a tu pareja y a tu trabajo para responder al nuevo álbum de fotos o enlace colgado por alguien. Uno de esos cuatrocientos que o no te conoce o conociéndote prefiere que la relación se produzca con la esterilización de la banda ancha de por medio.

Ahora tienes tu conciencia tranquila, nada más inofensivo que el facebook. Además siempre mejor este entretenimiento que antes, cuando a escondidas veías porno gay e investigabas las formas de entorpecer el uso del ordenador a tu mujer, no fuera a pillarte y que se derrumbase ese status tantos años perseguido de "padre de familia". ¡Qué satisfecho estás! ¡Qué sapiencia y saber estar derrochas por la red! Pero, lamentablemente, yo que te conozco sólo puedo decirte que me da mucha pena contemplar ese ser patético y pedante que veo. Sé que tras estas letras seguirás siendo el cobarde, ruin y acomplejado que eras y que no vas a cambiar. Yo te quiero, a pesar de todo. Te seguiré queriendo siempre, aunque no me gustes tú ni nada de lo que haces. Aún tengo la esperanza de que algún día me sorprenderás y conseguirás que me sienta orgulloso de tí.

Atentamente, tu otro yo.

sábado 23 de enero de 2010

La mujer anclada




Mi vecina de al lado no es demasiado moderna. Confieso que, tras la entrega de las llaves de mi nuevo piso, me llevé un susto de muerte al ver su cara por la rendija de la puerta entreabierta. Su madre, días después me explicó que no debíamos tenerle miedo porque, aunque era minusválida psíquica (esto lo pongo yo, su madre directamente dijo "perdonad a mi niña que es subnormal.... Aunque trabaja en el ayuntamiento con su plaza fija y todo....") Desde entonces, cada detalle refuerza mis conclusiones. No hace falta más que verla subiendo las escaleras con su pelo cardado y esas gafas de cristales gruesos tipo "Cousteau" que le tapan media cara para catalogarla en ese grupo de "los náufragos de los 80". Yo mismo he remoloneado junto a la entrada del edificio en esas ocasiones en que la parroquia organizó recogida de ropa, esperando verla abriendo las bolsas y eligiendo el vestuario del lunes. Ya me he acostumbrado a su afición a los televisivos talk-shows de la tarde a todo volumen e incluso voy tolerando que cada fin de semana me despierte con el recopilatorio de "Los Pecos" o una estupenda selección de "Parchis". Ya no me molesta chocarme con ella porque va bailando con su walkman y no puedo evitarme sonreirme cuando, a voz en grito, se disculpa sin quitarse los enormes auriculares. En definitiva, mi vecina es una persona completamente desfasada de la que no te podrías esperar que anoche le abriese la cabeza a su madre golpeándola incansablemente con su netbook.

domingo 17 de enero de 2010

El hombre ignorante.


Tuve que meditar años y años. Me sentaba en la taza del váter y reflexionaba sobre lo que había conseguido y lo que anhelaba conseguir. La insatisfacción era mi eterna compañera. ¿Qué me había llevado hasta ese punto? No lograba encontrar ese momento exacto en el que me arrebataron las riendas. ¿Qué palabra me trajo hasta aquí? ¿Ante qué elección me había equivocado? Siempre me había considerado una rebelde y sin embargo... todo lo que veía a mi alrededor apestaba a conformismo. Él permanecía sentado tras la puerta del baño contándome las andazas de unos hijos de los que me había sentido liberada tras el corte del cordón umbilical. Pasaba por las rendijas fotografías de esas fotocopias suyas que pululaban por la casa. Colocaba con cuidado la cena preparada para mí con esmero. Pero nada de eso era suficiente. Esperaba sentada a que me crecieran en la espalda unas alas que necesitaba para escapar. Comencé a entregarme con desgana a cualquier hombre que se me insinuase, buscando un placer que jamás conseguía. Cuando él, tras la puerta, siempre tras la puerta, hablaba de él, de los niños, de nosotros... yo me regodeaba en silencio de cada encuentro mantenido, preguntándome a dónde se marcharían él y los niños si conociesen ese hobby malsano al que me dedicaba. Intentaba reconocer ese sentimiento que tenía hacia él sin lograrlo. Hasta que una noche interrumpí su monólogo diario y abriendo la puerta le anuncié que necesitaba aumentar mi pecho para encontrarme más a gusto conmigo misma.

Tras la operación, envalentonada, conocedora de los nuevos encantos que podía ofrecer a esos esporádicos amantes, le pedí el divorcio. Sin explicaciones, sin responder a ninguna de las preguntas que él me formulaba. Estaba decidido y punto.

No fue hasta mucho más tarde, sentada en la taza del váter de mi nuevo apartamento cuando eché en falta su voz tras la puerta. Desde ese momento, decidí que haría lo que fuera por no sacarlo jamás de mi vida.

lunes 11 de enero de 2010

La mujer del váter



A mi ex-mujer le daba por encerrarse en el cuarto de baño. Allí permanecía todo el tiempo, sentada en la taza del váter llorando en silencio. Los niños y yo aprovechábamos esa fugaz aparición por la puerta de casa para besarla y decirle todo lo que la queríamos. Ella respondía con desgana a nuestras muestras de cariño, sin pararse siquiera, mirando al suelo sin prestarle la mínima atención a los dibujos que le enseñaban nuestros hijos. Yo, intentaba retenerla apenas un instante para preguntarle cómo estaba, que tal había sido su jornada como recepcionista o qué le apetecía comer. Elegía las preguntas escrupulosamente: Mucho contenido en unos segundos. Aún así, siempre recibía la misma respuesta. La puerta del baño cerrada en mis narices. Por las noches, una vez acostados los niños me sentaba en el suelo, junto a los platos de comida sin tocar e intentaba hablar con ella sin conseguirlo. No entendía lo que ocurría y le explicaba lo que sufríamos todos por su estado. Me sentía culpable de no darle esa felicidad que le había prometido y no sabía que más podía hacer. Ella no reaccionaba a mi desesperación.

Más de una vez me presenté en su trabajo y conseguí, con múltiples interferencias, tener una conversación. La recepcionista que veía en poco se parecía a la mujer que bloqueaba uno de nuestros cuartos de baño. Sólo allí sonreía y hablaba con normalidad. Yo estrujaba cada uno de esos encuentros suplicándole que se sometiera a tratamiento, que buscáramos ayuda del tipo que fuera, que no nos quedásemos quietos ante lo que estaba pasando...

Una tarde, al regresar del trabajo, se detuvo en la puerta y dijo que lo que tenía era un problema de autoestima y que lo mejor era aumentarse el pecho. Tras la operación nunca regresó a casa. Inició una relación con un hombre mucho más joven que ella y empezó a hacerme la vida imposible con juicios y denuncias inventadas. Puso a los niños en mi contra. Envenenó a los amigos y a mi familia. Hasta entonces no relacioné por qué se encerraba tanto en el váter. ¿Qué mejor sitio había para una mierda de persona como ella?

martes 5 de enero de 2010

El hombre encarcelado



Fue una putada. La mayor que se le puede gastar a un ser humano. Mi primer delito y una corriente ejemplarizante entre los jueces me trajeron a esta prisión. Lo que iba a resultar un robo limpio acabó con la muerte del dependiente de la gasolinera. De nada valió mi juventud ni el caro abogado que me facilitó mi familia. Condenado a 20 años.

Creo que nunca olvidaré mi entrada en la celda. Cuando el funcionario cerró la reja, mi compañero, el ser más depravado y violento de la prisión, me miró de arriba a abajo y con una media sonrisa me prometió una inolvidable rotura de culo. Me aseguró que no desaprovecharía la oportunidad de joder bien a un niñato pijo como yo. Las horas transcurrieron y mi angustia fue aumentando. El miedo me hacía sudar descontroladamente, sintiendo las gotas que se deslizaban por mi espalda.

Cuando apagaron las luces, la comadreja que dormía en la litera de arriba se plantó en mi cama, amenazándome con una especie de cuchillo fabricado por él mismo.

- No lo hagas por favor - le supliqué.
- ¿Por qué no debería hacerlo? - contestó con sorna.
- Porque a tí no te gustan los tíos - farfullé.
- No soy maricón, pero las noches son largas y a falta de otra cosa... bueno está desahogarse.
- ¿Vas a follarme por aburrimiento? - le pregunté asombrado.
- Sí - sentenció él
- Yo podría entretenerte de otras formas.... no sexuales - intenté convencerle.

Tras pensarlo un rato me propuso:

- Me gustan las historias, cuéntame una que me entretenga y me lo pensaré.

Y sobre la marcha, inventé una historia con sangre, sexo y dinero. Conseguí llegar íntegro al amanecer. El día siguiente lo pasé buscando algo que contarle en la oscuridad. Y desistió tambien de su propósito. Han transcurrido ya muchas noches. Quizás más de mil. Lo he ido conociendo por su forma de reaccionar a cada historia, he descubierto lo que le gusta y lo que no, lo que le hace reir y llorar. Creo que esta noche le diré que no tengo ningún cuento para él.

sábado 2 de enero de 2010

La mujer del año nuevo



Las nueve. Me quedan pocas horas y empieza a sonar la puerta. Llegan los invitados y me besan con despreocupación. No saben que les quedan pocas oportunidades de achucharme. Suicidarse en nochevieja no es lo más elegante y calculo que el impacto que sufrirá mi marido lo arrastrará para el resto de la vida, pero no puedo tirar más de este carro. Claudico. No quiero seguir así aunque no encuentre el motivo de mi estado. Sin fuerzas he preparado las viandas que compartiremos esta noche, mi última noche. No falta ningún detalle. Incluso tengo apartadas mis doce uvas rellenas de una mezcla de barbitúricos. Quiero irme sin estridencias. Mi madre entra en la cocina por enésima vez y me insta a que nos sentemos ya a la mesa.

Mis hermanos comentan lo bueno que está todo, el trabajo tan enorme que me he dado e inocentemente, me insisten en que el año que viene cuando nos reunamos no me dejarán cocinar ni hacer nada. Mi madre le encuentra pegas a todo: la carne no está bien hecha, los aperitivos parecen que saben a humedad, el jamón no está suficientemente curado al igual que el queso.... Ella en su línea de destrozarlo todo.

Mi marido me mira a cada rato y en sus ojos encuentro la calma necesaria para reprimir mi lengua afilada. Creo que lo más difícil de la decisión que he tomado va a ser estar sin él, sin sus palabras de ánimo, sin su comprensión infinita, sin ese amor desinteresado que siempre me ha regalado. La cena transcurre con la normalidad establecida para esta familia: mis hermanos apagan los dañinos comentarios hacia mí por parte de mi madre.

Pronto llegamos al final de la cena. Mi final. No me dejan levantarme para las uvas. Doy las indicaciones de dónde están preparadas las uvas e insisto en que no toquen las mías. Oigo de fondo a mi madre con su "que si son muy grandes, que si no podía haberlas comprado mejor..."

Tras las campanadas y con mi cuenco vacío, me siento tranquilamente a esperar el efecto. Voy escuchando las anécdotas y chistes de mis hermanos, los comentarios sobre la programación.... todo es tan distendido y agradable... Suelto en un par de ocasiones unas carcajadas que me liberan. No reparo en que mi madre lleva callada mucho rato hasta que no me lo hace ver mi marido.

Miro el cuenco y a mi madre. Lo entiendo todo. Me levanto e interrumpiendo la conversación les digo a todos:

- ¡Brindemos por este año que va a ser el más feliz de nuestras vidas!