lunes, 28 de noviembre de 2016

El hombre que no quería viajar

 
 
Desde el principio lo tenía claro: No quería viajar. Mi señora no paraba de hablarme de lo provechoso que sería cambiar de aires, de cuánto necesitaba ver a esa familia que tanto quería. Me perseguía en casa recalcando lo importante que sería para ella, incluso utilizaba los tiempos muertos del trabajo, mientras apilaba los bártulos de la limpieza para guardarlos en el cuarto de los contadores de la luz para convencerme. Yo me resistía a sus demandas y cambiaba de tema, interrumpiéndola a cada instante para transmitirle el recado de uno de los vecinos o para comentarle alguna incidencia que afectaba directamente al funcionamiento de la portería, pero ella insistía e insistía, así que no tuve más remedio que claudicar. Nunca había subido a un avión, excusa perfecta para que los propietarios del edificio nos bombardeasen con cientos de anécdotas. Todas tenían un rasgo en común: eran terribles. Extravío de maletas, pérdida de vuelos, desalojos por alertas en aeropuertos, esperas interminables, horas muertas abandonados en puntos remotos del planeta, aviones que se mecían a manos de los vientos con las alas a punto de resquebrajarse..  Con ese panorama notaba como  la proximidad del viaje me provocaba un estado que hacía que no me llegase la camisa al cuello.  
 
Y llegó el día, porque todo llega. Y aunque no fue perfecto, porque a veces surgen imprevistos,  arribamos cansados a nuestro destino. En esos días, acontecieron cientos de historias que no viene al caso narrar aquí. Fueron días de idas y venidas. Lloramos conmovidos. Reimos con carcajadas claras y estruendosas. Entramos. Salimos. Y aunque me considero una persona crítica, sólo percibí cariño sincero, abrazos de verdad, miradas limpias y honestas, palabras dulces y reconfortantes, hospitalidad, amabilidad, protección, amor... nunca una mala cara, un gesto torcido o una contestación molesta.
 
Montándonos en el avión, recordé que me resistía a viajar y entendí el por qué.  Cuando te encuentras seres humanos así, sólo te queda una opción en la despedida: Entregarles tu corazón para siempre y andar desde ese momento con un agujero en el pecho. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

La mujer narcótica



Antes de entrar en el edificio ensaya con esfuerzo la sonrisa que lucirá toda su jornada laboral. Aunque cada músculo de su cara parece tener vida propia y se resiste a ocupar la posición que le ordena,  finalmente consigue obtener la expresión que busca. Se detiene y se observa en la ventanilla tintada de un coche aparcado en la acera. Está espléndida. Empuja la puerta giratoria y antes de cruzar el umbral, repasa mentalmente si ha tomado toda la medicación. No sería el primer día que pasa por alto alguna de las pastillas y debe volver rápidamente a casa. 

Los aburridos oficinistas la ven entrar, empujando el carrito del correo, optando algunos por ignorarla y los más, por estudiarla como a uno de esos reptiles del escaparate de la tienda de animales. Los comentarios sobre su maquillaje exagerado se agotaron hace mucho. Nunca entenderán que bajo la gruesa capa de su rostro, ella intenta ocultar sus miserias. Su vestimenta, sin embargo, sigue levantando miradas libidinosas entre un par trabajadores a punto de la jubilación. Aunque esperan ilusionados que se repita ese episodio lejano en el que un pecho se escapó de la ceñida camiseta, se conforman con esa fulgurante y minúscula muestra diaria de sus bragas al agacharse. 

Saluda a todo el personal, avanzando mesa a mesa a pesar de que las piernas parecen de plomo. Con esfuerzo pregunta a cada uno cómo le van las cosas, qué tal su familia... A la mayoría les tiene que explicar que su interés es porque vuelve hoy después de un mes de vacaciones.  Muchos reconocen cruelmente que ni siquiera se habían dado cuenta de su ausencia. Ella acepta el mazazo sin variar su expresión y comprueba que tiene en el bolsillo la pastilla para estas ocasiones. Es lo único que evita que con el cúter de abrir la correspondencia les rebane el pescuezo a cada uno.

jueves, 10 de noviembre de 2016

El hombre nervioso



Es curioso cómo reaccionamos ante el nerviosismo: Las manos comienzan a sudar copiosamente, amenazando con que el objeto que agarramos en ese momento se nos escurra y caiga al suelo. El corazón se nos desboca y percibimos sus potentes latidos en la garganta. En ocasiones se nos seca la boca, pareciera que tuviéramos la lengua de esparto, y no existe método posible para generar un ápice de saliva que nos calme esa  molestia, (al menos eso de imaginar que muerdes un limón a mí no me resulta efectivo). El estómago se revuelve y te regresa a esas tardes de feria de la niñez, cuando para hacerte el mayor frente a tus amigos te atrevías a montar en una de las atracciones locas que giran sobre diferentes ejes. Bajabas y durante unos minutos te  asaltaba la incertidumbre de si tus órganos vitales estarían en el lugar que les correspondía. La inquietud hace que el intestino y la vejiga cobren vida propia y nos exijan imperiosamente una visita al excusado. Y todo esto, sólo a nivel corporal.

La cabeza va por otros caminos. Esperas y te desesperas, como me está sucediendo a mí ahora. Crees que no serás capaz o que lo harás mal, que surgirá un imprevisto... cualquier eventualidad. Da igual que seas un reputado profesional y que estés habituado, que hayas realizado este trabajo más de mil veces, si te puede la responsabilidad, se activa el puñetero chip y, antes de que puedas pararlo, tu cabeza ha entrado en esa rueda tóxica.

Aguardo en el coche. Está oscuro, la noche es cálida. Sin dejar de prestar atención miro el firmamento. ¡Qué insignificantes somos frente al Universo!.... No creo que se demore. Reflexiono que quizás me sienta más inquieto porque lo conozco, vivimos en la misma calle, nuestros hijos van a la misma escuela.... Pero todo eso no puede distraerme, en cuanto lo vea aparecer, antes de que reaccione, debo acercarme con decisión y sin mediar palabra, vaciarle el cargador de mi pistola en la cabeza.  

lunes, 7 de noviembre de 2016

Las mujeres A y B



La mujer A se encuentra con la mujer B a la salida de una tutoría. Las han citado por separado para  hablarles de sus hijos de 16 años. Ambas mantienen una buena posición económica  y andan abandonando la década de los cuarenta. Mientras a la mujer A, su pelo suelto y salvaje y su estilo hippie delatan como pretende aferrarse a una  juventud que se le escapa,  a la mujer B, con mechas y vestimenta conservadora, se la nota cómodamente instalada en la madurez y en su papel de madre de familia. 

Podríamos calificar su relación de "cuasi-amistad", ese estadio en el que entras cuando, aparte del saludo de cortesía, intercambias unos banales apuntes de tu cotidianeidad. Ellas incluso han llegado, de forma esporádica, a tomarse un café rápido en un bar cercano a la puerta del instituto. Nunca se han revelado ningún  dato reservado a los verdaderos amigos, ni se han arriesgado a sacar temas incómodos como la política, el sexo o la religión.  

El hijo de la mujer A hace mucho que tiene un grave problema con las drogas. No es el típico tonteo con la marihuana y el hachís. Cada día su cuerpo le exige  un par de gramos de polvo blanco. Roba todo lo que se encuentra para disponer de dinero.

El hijo de la mujer B está acostándose con un señor de 60 años para poder continuar jugando on-line. Ha conseguido falsificar la identidad  de su madre y ya se ha fundido la cartilla de ahorros con el dinero de la universidad. Desde hace unos meses se prostituye a través de una página web de contactos.

La mujer A y la mujer B no comentan nada del contenido de sus respectivas reuniones, se comprometen a un futuro encuentro y toman caminos opuestos. Unos segundos después, A se vuelve y mirando a B reflexiona: "menudo movida tiene ésta con el lúdopata de su hijo". B marcha ligera y se compadece de A: "Pobre mujer ésta con el hijo yonki".

Ambas piensan: "Menos mal que mi  hijo no tienen ningún problema".

viernes, 4 de noviembre de 2016

El hombre heredero



Estoy en el piso de la difunta tita Che.  Esa mujer con la que no tenía un verdadero parentesco, pero que recuerdo desde mi niñez  adosado a la familia por la amistad con la hermana de mi madre. Ahora es mío, me ha nombrado su heredero universal. Sin sorpresas, todos daban por hecho el contenido del testamento antes de su apertura. Tengo que adecentarlo un poco antes de que lleguen los posibles compradores. Me asaltan los recuerdos. Nadie, salvo yo, le hizo mucho caso en todos esos años en que, sin planteárnoslo siquiera, la encontrábamos instalada en nuestras mesas. Nunca nos cuestionamos su presencia en cada celebración o evento. Y no es que pasara desapercibida a pesar de su escaso metro y medio. Todo lo contrario:  su voz chillona  y sus continuos comentarios desagradables se convertían en el vergonzoso centro de atención. Mientras los más combativos se defendían aguantando la rabia o  respondían con virulencia a sus ataques, yo solía callarme y mirarla. Su boca imposible de dientes que se superponían y sobresalían en un inexplicable caos, sus ojos achinados, tan juntos que amenazaban con hacerse uno, me fascinaban por incomprensibles.  Quizá por esa atención que le prestaba, a nadie le pareció extraño que cuando enfermó recurriera a mí para que la cuidara. Yo estaba sin trabajo y no tenía obligaciones que atender. Lo cierto es que, mucho antes, todos habían escurrido  el bulto. Dios se la ha querido llevar pronto, apenas un año de intenso sufrimiento. Tras su pérdida he descubierto que el piso donde vivía no era alquilado, como siempre afirmaba para escatimarnos una propina, sino de su propiedad y que poseía una ristra de cuentas corrientes con saldos abundantes. Resulta paradójico que una mujer soltera que sólo trabajó de limpiadora llegara a acumular tal patrimonio, quizás si alguno de mis parientes se hubiese olido la fortuna que escondía hubiese cambiado la actitud con ella. O no. Sólo puedo decir que haciendo este repaso por la memoria he descubierto mi cara reflejada en el espejo. Por primera vez en mi vida he dejado de reprimirme y he expresado todo el asco que le tenía.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

La mujer de la montaña



Me gustaba visitarte en ese pueblo serrano que naciste. A la excitación de verte y poder disfrutar de tus encantos se unía el trayecto en coche. Me encantaba conducir hasta allí. No era mucha distancia, quizás 70 kilómetros, pero se tardaba más de una hora en llegar. Apenas dejabas la autopista y tomabas la carretera comarcal, la montaña te engullía, asfixiándote por la frondosa vegetación que crecía en los márgenes. Los árboles entretejían sus ramas construyendo un toldo natural. No sólo cambiaba la luz que se filtraba, el aire se llenaba de matices. Bajaba a tope las ventanillas y aspiraba profundamente, hasta que en los pulmones no cabía una molécula más de oxígeno, arriesgándome al mareo por hiperventilación. Llegué a descubrirme alguna vez prorrumpiendo carcajadas infantiles de felicidad. La imposibilidad de parar en el arcén siempre me privó de disfrutar del silencio que imaginaba reinaría si hubiese parado el motor del coche. Tras decenas de curvas sinuosas impuestas por la orografía surgía, de súbito,  una recta inapropiada para aquellos lares, flanqueada de mortales precipicios. La tentación era tan fuerte que ignoraba las señales de tráfico y apretaba sin miedo el acelerador. Conocía exactamente ese punto mortal en el que, nueve meses al año, se camuflaba el hielo entre el asfalto, así que unos cuantos metros antes reducía la velocidad y preparaba todos mis sentidos para lo que se avecinaba. No estaba dispuesto a repetir la aterradora experiencia de los primeros trayectos, cuando perdí el control del coche y poco faltó para que me despeñara. A partir de ahí, comenzaba el descenso que llevaba hasta tu cama. Jamás disfruté tanto entre las sábanas como entonces. Aún paladeo el sabor del humo de la chimenea en tu piel, el olor que exudaba tu cuerpo por la contundente comida. Fue una pena que te empeñases en venirte a vivir conmigo a la ciudad. No duramos ni una semana juntos.

domingo, 30 de octubre de 2016

La mujer desconocida



De un tiempo a esta parte, existe una idea que no deja de rondarme la cabeza: Creo que estaría mucho mejor si mi madre muriese. Es duro decir algo así, pero es lo que siento. No creo que con esto le esté deseando ningún mal, todo lo contrario, considero que la muerte sería el regalo ideal para una mujer que desprecia esta vida y se prepara concienzudamente para el más allá. Al que se le haya ocurrido que esto que me preocupa viene de algún desencuentro debo aclararle que se equivoca. No mantenemos ningún tipo de contacto desde hace más de seis años. Sorprendentemente, en todo este tiempo ni siquiera nos hemos encontrado por la calle, aunque apenas nos separen un par de calles. Creo que si  nos cruzásemos, nos ignoraríamos mutuamente como perfectos desconocidos. En eso nos hemos convertido. Entre nosotros ya no existe nada. No hay odio, ni  un ápice queda de ese resentimiento que cargué tantos lustros por todo lo que me hizo y todo lo que me dejó de hacer. Si esto fuese la ficción de una película o una novela y no la cruda realidad, probablemente yo, consciente de la levedad de nuestra existencia en este mundo corriese hasta su casa para intentar comprenderla y comprendernos. Pero siendo las cosas como son, he desistido de ese esfuerzo, no busco disculparla con un padre alcohólico, la ausencia de una madre o una infancia de abusos. Se acabó el tiempo y nadie puede justificarse eternamente en el pasado para ir pisoteando el presente y aniquilando el futuro. Cualquier acercamiento lo ha desaprovechado, como aquella vez... Perdón, pero tengo que atender el móvil, me esta llamando mi tía y no suele llamar si no es por algo importante. Lo mismo hay suerte.