
- Hermana, saltemos a la de tres - me dice ella.
- De acuerdo. - le digo apretando su temblorosa mano.
A mi hermana la han prometido con nuestro primo, el clan ha recibido el dinero correspondiente y se ha cerrado la boda para dentro de un par de días. Ella no lo ama. Tiene la desgracia de ser una mujer en un pais en el que deciden los hombres cada uno de tus pasos. Subidas a lo más alto de un flamante rascacielos (curiosa paradoja tanta modernidad conviviendo con las costumbres más arcaicas y denigrantes) mi hermana me aprieta la mano, dispuesta a saltar a un vacío elegido, a acabar rápidamente con un futuro impuesto. Su amor hacia mí, su fragilidad me ha traido hasta aquí. Sin mi apoyo no se hubiera atrevido. Le he prometido acompañarla en ese salto, en ese impacto contra el suelo que destrozará nuestros huesos y vísceras.
- Para - le ruego.
Ella interrumpe aliviada la cuenta atrás, necesito abrazarla, sentir su calor, recordar su olor... Como aquellas noches compartidas en la cabaña donde nos criamos. Está a punto de desaparecer esa colección de secretos confesados en la oscuridad, esa felicidad que no supimos disfrutar siendo niñas.
- Cuando quieras, vamos - digo mirando profundamente esos ojos asustados.
- Uno... Dos .... y tres.. - culmina, tomando impulso.
Suelto su mano y la veo caer, empequeñeciéndose. Sus ojos, clavados en mí no me acusan, sólo preguntan, me reprochan la promesa que acabo de romper. Lo que mi hermana no sabe es que antes de darle a ella mi palabra, se la di a nuestro primo, mi futuro marido.






