martes 17 de noviembre de 2009

La mujer aburrida.



- Creo que nunca vamos a llegar - dice ella moviendo su cinturón de seguridad. - ¿Puedo quitármelo?
- No. Llévalo. Falta poco, menos de una hora - contesta él sin demasiada convicción.
- Me agobian las autovías, son tan monótonas, una sucesión de asfalto flanqueado por flores rosas o amarillas. Ya ni siquiera se pasa por los pueblos. La modernidad nos ha mutilado el gusto por el turismo. Pasas por cientos de lugares que ni siquiera llegas a ver... - suspira ella.
- ¿No eras tú la que se quejaba cada vez que recalaba en algún pueblo de lo mal que olía, de lo fea que era la gente o de cualquiera de los monumentos que visitaba?
- Ya, pero ahora lo echo de menos. No creía que llegase a decir esto jamás, pero ahora añoro esas carreteras nacionales llenas de baches que atravesaban hasta la aldea más cutre del país. No sé si influirá, pero ahora parece que los coches no tocan el firme. Antes acababas con el culo hecho picón. Estabas deseando ver aparecer en el horizonte cualquier hostal de mala muerte para detenerte y poder estirar las piernas. Llegabas incluso a entrar en el más pestilente de los servicios y tomarte un café con sabor a agua sucia. Era un asco, pero todo mejor que esta mierda adornada de adelfas. Me aburro tanto... - se queja ella.
- Pondría música pero no tengo ningún CD y la radio no funciona. - le informa él.
- ¿No tienes MP3 ?
- No, lo siento, pero si quieres, podemos jugar a algo -le propone.
- A mí me gustaba jugar a las matrículas, pero por aquí no veo ningún vehículo. - dice ella mirando hacia atrás.
- Sí, a eso tampoco podemos jugar. Así que si no se te ocurre otra cosa.... - dice él.
- Me muero de aburrimiento, Caronte. - confiesa ella mirando su rostro griego.
- No querida, simplemente estás muerta.

sábado 14 de noviembre de 2009

El hombre con sudario



La viuda solloza con su cara pegada al cristal. Al otro lado reposan los restos del que fue su marido hasta la pasada madrugada. Ya es sólo una mala imitación, una especie de clic de famobil en tamaño natural. Alguien debería decirles algo a las funerarias, protestar por ese proceso de adecentamiento de los cadáveres que los hace irreconocibles. Atrás quedó ese hombretón que se cruzó en su camino cuando ella tenía trece años, aquél que salió de la miseria pisando y engañando a todo el que conocía. El que traicionó a amigos y parientes sin pudor. El que amasó una fortuna especulando con los escasos bienes que circulaban en el mercado por entonces. Ahora no se le parece ni de lejos.

La gente que se acerca a la oscura sala del tanatorio da el pésame a los familiares, unos pocos están allí porque se lo dicta el corazón, la mayoría "cumplen" como está prescrito, parece que incluso han olvidado las tropelías y canalladas que sufrieron a manos del difunto. ¿Ya no les escuece el dinero perdido, las penurias pasadas o la confianza pisoteada? Ahora cumplen, están donde tienen que estar, donde deben estar si no quieren significarse o ser "mal vistos".

La viuda moja el cristal con sus lágrimas, cuenta a todo aquel que se le acerca lo maravilloso que fue su marido, lo enamorado que siempre estuvo de ella, cómo, enfermo de alzheimer y hasta que fue capaz de empuñar un bolígrafo le dedicó cientos de poesías de amor. Algunos tuercen el gesto no sé si incómodos ante el dolor ajeno o cuestionando la historia que oyen.

Yo conocí a aquel "tiburón implacable" en los negocios, a aquel ser depravado y sin escrúpulos, pero tambien sé que lo que cuenta la viuda es rigurosamente cierto.

sábado 7 de noviembre de 2009

La mujer culpable





No soporto ir a la que fue casa de mis abuelos y que ahora ocupan mis padres. Nada más traspasar el umbral siento ese escalofrío por la espalda que me aterra. Sus muros de piedra han contemplado la vida y la muerte de tres generaciones de mi familia. No hay habitación de la enorme casa que no tenga su historia particular de nacimientos y defunciones. Suelo deambular incómoda por las estancias pero siempre me niego a entrar en el que fue, hasta su muerte, dormitorio de la hermana de mi abuela: mi tía Caridad. Nunca llegó a casarse aunque la pretendieron muchos. Poseía una gran belleza, quizás más propia de estos tiempos que de los que le tocó vivir. No sé si su soltería fue la causa de ese carácter amargo que derrochaba o viceversa. Lo cierto es que arruinó los escarceos amorosos de mi madre en su juventud, ahuyentando a los novios que rondaban a su única sobrina nieta. Eso jamás se lo perdonó mi madre que asegura, sin pudor ante el que esté dispuesto a escucharla, que su matrimonio fue el resultado de un pulso contra ella más que un fruto del romance. Controló, dirigió y manipuló a su antojo a todo aquel que se acercó a ella. Sin utilizar más que un gesto era capaz de inspirarte el mayor temor, arrancando cualquier posibilidad de rebelión contra sus mandatos. Siempre estuvo enferma de un hígado sobrecargado en la producción de esa bilis con la que nos obsequiaba, pero no murió de eso. Cayó por las escaleras un día que tenía cita con el médico. Ese día, por primera vez en mi vida, me negué a acompañarla. Quizás por eso tenga estos remordimientos. Puede que ése sea el motivo que me sugestiona y me hace sentir su presencia. Espero superarlos algún día. Mi hermano, por lo pronto, me dijo ayer que he pasado demasiados años con ese peso encima y que ya va siendo hora de abandonar esta culpabilidad. Además y no sé por qué ha tardado tanto en decírmelo, me confesó que aquella mañana él estaba con ella.

jueves 5 de noviembre de 2009

El hombre simulador





Ese niño siempre estorbaba. Me lo comentaron sus padres en alguna ocasión, cuando nos cruzábamos en el rellano o coincidíamos en ese trayecto (que a veces se hace eterno) del ascensor. El niño siempre andaba dando la lata. No sólo cuando sus padres querían ver su programa de televisión favorito ni, cuando frecuentemente, aunque los protagonistas aseguraran lo contrario, discutían acaloradamente. El niño vagaba por la casa con su continua cantinela de "estoy aburrido". Mientras fue bebé la mejor solución fue plantarlo frente a la tele. Todavía hoy se acumulan en las estanterías cientos de cintas de vídeo Beta con todo el repertorio infantil de la época. Pero cuando el niño creció y ya harto, tuvieron que ingeniarse algo nuevo y, como no, echaron mano de la tecnología y le compraron un ordenador. Desde entonces sólo se escuchó al pequeño para reclamar los últimos lanzamientos de videojuegos. Nunca lo ví en el patio jugando con otros niños ni recibir ninguna visita, aunque hubo algún atrevido que quiso curiosear el hábitat de ese compañero de clase introvertido. Recuerdo haberle visto bajar las escaleras mientras vaciaba su cargador imaginario sobre nosotros, "¡vais a morir zombis!", gritaba por entonces mientras su madre miraba al cielo solicitando ayuda. Pocos encuentros, pocas salidas, pocos paseos... Cada noticia que escuchaba en la radio sobre algún adolescente que masacraba a sus padres o a sus profesores me lo traían a la mente. Hace unos años me lo encontré al entrar en el ascensor. Se quedó absorto mirando por encima de mi cabeza. ¿Pasa algo? le pregunté yo, "no, sólo pensaba que si fueras un sims tendrías un rombo encima de la cabeza ¿Tienes hambre? o ¿prefieres darte un baño o comer algo de la nevera?" No le respondí. Me dió miedo. Fue la última vez que le ví. Me contaron que lleva ingresado unos años y hay quien afirma que sigue buscando en el juego a su familia y que desea desesperadamente elegir la opción que le permita interactuar con otros sims como él.

miércoles 28 de octubre de 2009

La mujer violeta



En la destartalada cocina, rodeada de azulejos que en el pasado fueron blancos pero que ahora amarillean por la grasa incrustada en años, está ella, en el centro, presidiendo la estancia. En su regazo, un pequeño de 5 años que protesta de sueño, pero ella es firme. Deben esperar. La mujer acaricia la cara del pequeño y observa las ojeras pronunciadas por el fluorescente. "Pronto podrás acostarte", le repite constantemente al niño. Sentada frente a la puerta de la calle, lo espera. Otra noche más de guardia, de observar el lento discurrir de los segundos, de acompasar su dolorido corazón al martilleo del reloj, creyendo a veces que cesarán al unísono ambos sonidos. Es lo que provoca la noche, o la falta de sueño, o el cansancio acumulado.... la cabeza delira. Hace horas que permanece estática en la incómoda silla de anea, olvidadas ya las entumecidas piernas. El niño se revuelve y apoya la cabeza en su cuello. La gargantilla con su detestado nombre de flor en oro se le incrusta en la piel, tatuándola. La única herencia recibida de una abuela que pronto pasó a mejor vida. Violeta, como los cardenales que adornan su costado y su espalda. Violeta africana, víctima de una ablación que no ha precisado de bisturí sino de cotidianeidad. En silencio, escucha sus pasos, su sombra frente a la puerta, su torpe intento de atinar en la cerradura. La luz de la escalera se refleja en la inundada entrada del piso. Es entonces cuando obliga al niño a mirar hacia la puerta y le tapa la boca. Debe aprender la lección, conocer las consecuencias de los actos. Renunciar para siempre a seguir la estela de su padre. Como material didáctico: agua y un interruptor de la luz con los cables pelados.

sábado 24 de octubre de 2009

El hombre perseguido



He sacado la basura a una hora diferente a la de ayer, diferente a la de anteayer, procurando no seguir la misma pauta, no repetir los mismos movimientos, las mismas rutinas. Cerca del contenedor estaba el dueño del perro negro. No me gusta. Me observa. Mira como deposito mi basura orgánica, como dejo los plásticos y el papel. Hoy no tenía vidrio para reciclar. Tardé exactamente 4 minutos y 42 segundos en regresar a casa. No debo arriesgarme a permanecer tanto tiempo sin mi gorro de papel de aluminio. De hecho, cuando llevaba cuatro minutos exactos fuera, noté el zumbido en mi cabeza, seguro que el microchip se estaba activando y avisando de mi posición exacta. Aún no tengo controlado el tiempo que requiere el satélite para situarse sobre mí, pero prefiero no arriesgarme. Me quieren matar y si no sigo con extrema precisión las precauciones hace ya años que estaría muerto. Tengo 42 años y llevo casi la mitad en peligro. No soy militar, no trabajo para el gobierno. Pero me tienen miedo, soy una molestia para ellos. Leo mucho, hago muchas preguntas.... soy incómodo para ellos, soy la mosca que les revolotea por la cara. Ellos intentan aplastarme, por eso me mudo cada 6 meses y cobro la pensión de invalidez cada mes en un banco diferente, un día diferente y, si puedo, incluso, en una ciudad diferente. Así puedo seguir vivo. Controlando. Siempre controlando, al dueño del perro gris, al del perro negro, a la maruja que pasea por el parque... no puedo permitirme descansar. Si no, se activará el microchip que tengo implantado, el mismo que tiene usted implantado, el que tenemos todos. A mí, si estoy cinco minutos sin mi gorro de aluminio me matarán ¿y usted? ¿cuánto tiempo aguanta?.

sábado 17 de octubre de 2009

La mujer adinerada



Dicen que el dinero no lo puedo comprar todo. Es mentira. Lo único que no consigues adquirir con una abultada cuenta corriente es vida. No me suelten ahora el manido discurso de el amor verdadero ni ninguna otra zarandaja que se les pase por la cabeza para replicar mi afirmación. Yo lo compro todo y tengo amor y lo más escandaloso para ustedes: soy muy feliz. Al menos lo era hasta esta mañana, cuando llegué a casa y una de mis asistentas me hizo pasar al salón de invierno. Allí pude ver que, mientras mis tapices flamencos se revalorizan más cada día que pasa, a todo ser con vida el descontar de los minutos lo devalúa hasta convertirlo en cero. Tengo que reconocer que me sobrecogió la imagen y que, tras el primer momento de culpabilidad por no haberme percatado de su decrepitud sin ese aviso de la asistenta, me lamenté de su estado. Tumbada en el sillón, con la cabeza apoyada en los caros cojines de seda, ví en sus ojillos llorosos el sufrimiento que arrastraba. Inmediatamente me dí cuenta que ya hacía mucho que no venía a recibirme a la puerta y que, ya me había señalado alguien del servicio que no comía mucho. Sabía que era mayor e incluso me alegré que la edad hubiera disminuido su enorme apetito. No fui consciente de lo que estaba pasando. Quizás si le hubiera dedicado algo de tiempo me habría dado cuenta de su pérdida de pelo o del estado de sus dientes. Pero ya no había remedio. Hubiera preferido que fuese alguien a nómina, así podría, indemnizándolo debidamente, mandarlo a su casa. Pero no era ése el caso. Sus gemidos me conmovían tan profundamente que, recordando lo que muchas de mis amigas habían hecho en casos parecidos, cogí el teléfono y llamé pidiendo una solución rápida. Confieso que tuve que darme la vuelta para no ver la preparación de la inyección. De espaldas, pronto cesaron los gemidos y descansó en paz. El servicio rápidamente trajo una sábana y la cubrió. Con las lágrimas pugnando por salir llamé a mi mejor amiga y la invité al funeral de mi madre mientras elegía el vestuario apropiado.